Revolver cajones es algo que nunca me gusta hacer. Extraviar algo y encontrarlo en el último lugar posible y el menos probable es moneda corriente para todos nosotros. Pero mi última expedición a los conglomerados de recuerdos trajo a mis manos un escrito de hace 6 años, cuando era todavía un pequeño en la secundaria.
Acá entonces, para todos uds, se las comparto. (Según mi profe de literatura de aquel entonces, es poesía en prosa)
Tardes otoñales de domingo. Un paseo infaltable y esperado, en mi niñez colmada de caricias.
El palomar, los juegos y el inmenso lago con sus botes, que se mueven al compás de las aguas aquietadas, las cuales se tornan agitadas a medida que hacen su recorrido.
Árboles dorados lo rodean y la brisa baila suavecita, con los rayos del buen sol acompañando, que se hacen menos fuertes y sensibles, despiertan mi alegria y mis sentidos.
¡Qué lejana, inalcanzable, misteriosa yo veia, la isla del laguito!
Los Patos, los gansos, las palomas, le otorgan las alas curiosas a mi imaginación y la isla enigmatica se convierte de pronto en un castillo rodeado de agua, con sus caballeros verdes, que se erguían victoriosos, combatiendo y derrotando al dragón de la amargura.
El pochoclo, el praliné, y los globos coloridos, se mezclan en deseos y caprichos que acaban siempre en berrinches y suspiros.
Y luego de una tarde a toda prisa, cuando el sol se cansa del encuentro compartido, y se esconde sigiloso entre árboles tupidos, y los matices de colores opacados, se reflejan en las aguas del gran lago, anunciando un paseo terminado.
Lo miro asombrado. ¡Es tan bello como entonces! y al pasar pedaleando en el medio, me detengo a escuchar la melodía de las aguas, que se elevan majestuosas y bajan con estrépito, furiosas, inundando el alma con espectáculos de colores.
Es por eso que el laguito es un punto de mi infacia, que motiva mi alegría. Aún hoy cuando lo miro, cierro los ojos y me estremezco.
Acá entonces, para todos uds, se las comparto. (Según mi profe de literatura de aquel entonces, es poesía en prosa)
Tardes otoñales de domingo. Un paseo infaltable y esperado, en mi niñez colmada de caricias.
El palomar, los juegos y el inmenso lago con sus botes, que se mueven al compás de las aguas aquietadas, las cuales se tornan agitadas a medida que hacen su recorrido.
Árboles dorados lo rodean y la brisa baila suavecita, con los rayos del buen sol acompañando, que se hacen menos fuertes y sensibles, despiertan mi alegria y mis sentidos.
¡Qué lejana, inalcanzable, misteriosa yo veia, la isla del laguito!
Los Patos, los gansos, las palomas, le otorgan las alas curiosas a mi imaginación y la isla enigmatica se convierte de pronto en un castillo rodeado de agua, con sus caballeros verdes, que se erguían victoriosos, combatiendo y derrotando al dragón de la amargura.
El pochoclo, el praliné, y los globos coloridos, se mezclan en deseos y caprichos que acaban siempre en berrinches y suspiros.
Y luego de una tarde a toda prisa, cuando el sol se cansa del encuentro compartido, y se esconde sigiloso entre árboles tupidos, y los matices de colores opacados, se reflejan en las aguas del gran lago, anunciando un paseo terminado.
Lo miro asombrado. ¡Es tan bello como entonces! y al pasar pedaleando en el medio, me detengo a escuchar la melodía de las aguas, que se elevan majestuosas y bajan con estrépito, furiosas, inundando el alma con espectáculos de colores.
Es por eso que el laguito es un punto de mi infacia, que motiva mi alegría. Aún hoy cuando lo miro, cierro los ojos y me estremezco.

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