jueves, 23 de julio de 2009

Creatividad

“Para abrir nuevos caminos hay que inventar, experimentar, crecer, correr riesgos, romper reglas, equivocarse… y divertirse”

7.30 a.m. Primer despertador. 7.45 a.m. La radio comienza a dar las noticias del día, empieza una serie de análisis políticos, del tiempo, de lo que pasó y lo que va a pasar. 8 a.m. Segundo llamado de teléfono, la cabeza ya está a punto de explotar, la próxima perturbación ameritaría el impacto de la misma con un objeto pesado o contundente. Me levanto medio dormido pero me obligo a mi mismo a arrancar.

Así comienza un día normal de semana en época de estudio. Me levanto temprano, porque pese a estar dormido, la luz de la mañana y la perspectiva de tener todo un día por delante me cargan las pilas y las ganas de hacer cosas. Al menos lo primero pasa siempre, las ganas de hacer cosas a veces se las debo.

En esas notas populares que todos responden había una pregunta que afirmaba que el baño es uno de los lugares más aptos para la ocurrencia de ideas, como si el hastío que genera leer una y otra vez los componentes del shampoo, o la revista viva del 2004 por quincuagésima vez, provocaran un movimiento neuronal apto para la meditación y el autoconocimiento.

En realidad no me propongo negar este hecho casi demostrable analíticamente, sino a compararlo con otro momento sublime para estas revelaciones, y éste tiene mucho que ver con la descripción de un día común y corriente para el estudiante promedio.

Uno en general programa la jornada de estudio. Medita y piensa con que va a comenzar, hasta donde debería llegar, si tiene parciales anteriores para practicar. Una vez concluida esta etapa, toma todos los útiles, los acomoda prolijamente alrededor de una silla, y se sienta imitando un centro de control de transbordador espacial, solo que lleno de datos facultativos.

El momento más especial de todos comienza en este punto. Puede que levantarse temprano sea una de las causas. Tal vez la fiaca o toda la información vertida estrepitosamente por la radio mientras uno todavía está en un estado alterado de conciencia, o puede ser el vil rechazo a estudiar, todavía no lo sé. Lo cierto es que en el instante mismo en el que uno debe comenzar con el primer párrafo del libro, cuando comienza a abrirlo para encontrar el capítulo, o mientras afina la mina del lápiz, es el momento ideal para la clarividencia.

Se manifiesta de varias formas. Puede ser una necesidad imperiosa de tomar mates, o cualquier otra cosa que requiera calentar agua. Puede ser la necesidad de visitar a un familiar cercano, a una tía, a un amigo de la facultad, el perro que justo desea salir a dar una vuelta.

Es un momento de revelaciones. De vez en cuando, cuando uno ya superó todas estas “perturbaciones” y tiene el mate al lado de uno, el perro ya no molesta y terminamos de llamar a todos nuestros conocidos, que se produce un momento místico. Allí es donde surgen las mejores ideas. Es más, estas ideas tienen que ser lo bastante buenas, como para que nosotros ponderemos mejor la concreción de ésta antes de seguir con la mente en el estudio.

Así que ya saben, si el activia no está haciendo efecto, o si mamá renovó la Viva del 2004 por una “Hombre” de este mes, no se preocupen, no tienen más que intentar ponerse a estudiar Álgebra II. Ya tienen en sus manos el remedio a esos bloqueos mentales que nos hacen perder la creatividad.

2 comentarios:

Tommy Sullivan dijo...

Creo que cuando estudiaba invertí siempre muchísimo más tiempo ordenando y preparando las cosas que debía leer, revisar, conocer que efectivamente leyéndolas, revisándolas, conociéndolas. Creo que jamás tenía tanto sueño como cuando debía levantarme temprano para estudiar. Y en la vida del estudiante se aplica cabalmente eso de "no hagas hoy lo que puedas dejar para mañana."

Y se hace válida entonces la pregunta ¿y qué debo hacer hoy? Y coincidiendo plenamente con vos, es aquí donde surge un pico de creatividad. Debemos recordar a los parientes, con un particular énfasis en la madre del profesor y del autor del libro del cual deberíamos estudiar. Se hace imprescindible tomar cuanta infusión exista en el "insusionario nacional", probar nuestras habilidades como dibujantes, intentar construir el edificio más alto del mundo, sentimos una necesidad imperiosa e impostergable de escribir nuestras memorias, hacer una revisión pormenorizada de la siempre inentendible factura de algún impuesto, hacer el servicio militar aunque ya no exista más, y controlar la tabla de contenidos de nuestro manual de origami.

Lo que me hace estar absolutamente seguro que los mayores avances de la civilización, esos que hacen de nuestro mundo un lugar mejor, fueron hechos por un estudiante que, casualmente, desaprobó el examen para el cual tenía que estudiar.

Tomás Cabrero dijo...

Viene a full el blog, una serie de posteos interesantísimos. Ya tiene identidad propia, felicitaciones Juli!
Un abrazo,

P.D: yo de estudiar estas semanas ni hablar, espero poder revertir la situación.